Novena a Nuestra Señora de Guadalupe
La devoción más querida de México y de toda América. Del 3 al 11 de diciembre nos preparamos para la fiesta de la Virgen del Tepeyac, recordando cada día sus apariciones a San Juan Diego en 1531. Meditaciones propias de Rezo, basadas en el relato tradicional de las apariciones (Nican Mopohua).
Cada día de la novena se reza la oración inicial, la meditación y oración del día, y se termina con la oración final.
Oración inicial para todos los días
Por la señal de la Santa Cruz.
Acto de Contrición
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, creador y redentor mío, por ser tú quien eres, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. Propongo enmendarme y confesarme a su tiempo y ofrezco cuanto hiciere en satisfacción de mis pecados, y confío por tu bondad y misericordia infinita, que me perdonarás y me darás gracia para nunca más pecar. Así lo espero por intercesión de mi Madre, nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Amén.
Se reza a continuación la oración propia del día.
Día 1
El canto en el cerro
Era la madrugada del sábado 9 de diciembre de 1531. Juan Diego, un indio humilde y recién bautizado, caminaba hacia la misa cuando, al pasar junto al cerro del Tepeyac, escuchó un canto hermosísimo, como de muchos pájaros finos. Se detuvo y se preguntó: «¿Merezco yo esto que oigo? ¿No estaré soñando?»
Dios prepara los encuentros más grandes en los caminos más ordinarios. Juan Diego no buscaba una aparición: iba, como cada semana, a su deber de cristiano. La Virgen lo esperó en su camino de todos los días. También hoy María nos espera en lo ordinario de nuestra vida.
¡Oh Santísima Señora de Guadalupe! Esa corona con que ciñes tus sagradas sienes publica que eres Reina del Universo. Lo eres, Señora, pues como Hija, como Madre y como Esposa del Altísimo tienes absoluto poder y justísimo derecho sobre todas las criaturas.
Siendo esto así, yo también soy tuyo; también pertenezco a ti por mil títulos; pero no me contento con ser tuyo por tan alta jurisdicción que tienes sobre todos; quiero ser tuyo por otro título más, esto es, por elección de mi voluntad.
Mira que, aquí postrado delante del trono de tu Majestad, te elijo por mi Reina y mi Señora, y con este motivo quiero doblar el señorío y dominio que tienes sobre mí; quiero depender de ti y quiero que los designios que tiene de mí la Providencia divina, pasen por tus manos.
Dispón de mí como te agrade; los sucesos y lances de mi vida quiero que todos corran por tu cuenta. Confío en tu benignidad, que todos se enderezarán al bien de mi alma y honra y gloria de aquel Señor que tanto complace al mundo. Amén.
Día 2
La Madre del verdadero Dios
En lo alto del cerro, Juan Diego vio a una Señora cuyo vestido resplandecía como el sol. Ella le dijo con dulzura: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?» Y se presentó: «Yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.»
La Reina del cielo llama «Juanito» al más pobre de sus hijos. No se presenta con títulos de poder, sino como Madre. Así habla María a cada uno de nosotros: por nuestro nombre, con ternura, para llevarnos a su Hijo.
¡Oh Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Qué bien se conoce que eres Abogada nuestra en el tribunal de Dios, pues esas hermosísimas manos que jamás dejan de beneficiarnos las juntas ante el pecho en ademán de quien suplica y ruega, dándonos con esto a ver que desde el trono de gloria como Reina de los Ángeles y hombres haces también oficio de abogada, rogando y procurando a favor nuestro.
¿Con qué afectos de reconocimiento y gratitud podré pagar tanta fineza? Siendo que no hay en todo mi corazón suficiente caudal para pagarlo.
A ti recurro para que me enriquezcas con los dones preciosos de una caridad ardiente y fervorosa, de una humildad profunda y de una obediencia pronta al Señor.
Esfuerza tus súplicas, multiplica tus ruegos, y no ceses de pedir al Todopoderoso me haga suyo y me conceda ir a darte las gracias por el feliz éxito de tu intermediación en la gloria. Amén.
Día 3
Quiero que aquí se me levante un templo
La Virgen le confió a Juan Diego su deseo: «Quiero que aquí se me levante un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en mí confíen.»
María no pidió un monumento para su gloria, sino una casa para consolar a sus hijos. Cada iglesia, cada altar, cada rincón de oración en nuestro hogar puede ser ese lugar donde ella escucha «el llanto y las tristezas» de los suyos para remediarlas.
¡Oh Santísima Virgen María de Guadalupe! ¡Qué puedo creer al verte cercada de los rayos del sol, sino que estás íntimamente unida al Sol de la Divinidad, que no hay en tu casa ninguna cosa que no sea luz, que no sea gracia y que no sea santidad!
¡Qué puedo creer sino que estás anegada en el piélago de las divinas perfecciones y atributos, y que Dios te tiene siempre en su Corazón! Sea para bien, Señora, tan alta felicidad.
Yo, entre tanto, arrebatado del gozo que ello me causa, me presento delante del trono de tu soberanía, suplicándote te dignes enviar uno de tus ardientes rayos hacia mi corazón: ilumina con su luz mi entendimiento; enciende con su luz mi voluntad; haz que acabe yo de persuadirme de que vivo engañado todo el tiempo que no empleo en amarte a ti y en amar a mi Dios: haz que acabe de persuadirme que me engaño miserablemente cuando amo alguna cosa que no sea mi Dios y cuando no te amo a Ti por Dios. Amén.
Día 4
Ante el obispo: la humildad probada
Juan Diego llevó el mensaje al obispo fray Juan de Zumárraga, quien lo escuchó con reserva y no le creyó. Al volver al Tepeyac, Juan Diego suplicó a la Virgen que enviara a alguien más digno: «Yo soy un hombre del campo, soy cola, soy hoja seca.»
Pero la Virgen le respondió: «Hijo mío el más pequeño: tengo muchos mensajeros a quienes podría encargar mi mensaje, pero es de todo punto preciso que tú mismo lo lleves.» Dios no elige a los capaces: capacita a los elegidos. Nuestra pequeñez no es estorbo para su obra.
¡Oh Santísima María de Guadalupe! Si un ángel del cielo tiene por honra tan grande suya estar a tus pies y que en prueba de su gozo abre los brazos y extiende las alas para formar con ellas repisa a tu Majestad, ¿qué deberé yo hacer para manifestar mi veneración a tu persona, no ya la cabeza, ni los brazos, sino mi corazón y mi alma para santificándola con tus divinas plantas se haga trono digno de tu soberanía?
Dígnate, Señora, admitir este obsequio; no lo desprecies por indigno a tu soberanía, pues el mérito que le falta por mi miseria y pobreza lo recompenso con la buena voluntad y deseo.
Entra a registrar mi corazón y verás que no lo mueven otras alas sino las del deseo de ser tuyo y el temor de ofender a tu Hijo divinísimo. Forma trono de mi corazón, y ya no se envilecerá dándole entrada a la culpa y haciéndose esclavo del demonio. Haz que no vivan en él sino Jesús y María. Amén.
Día 5
La señal pedida
El obispo, prudente, pidió una señal para creer. Juan Diego lo contó a la Señora, y ella, lejos de impacientarse, le dijo que volviera al día siguiente: ella le daría la señal. La Virgen no teme nuestras dudas ni las del mundo; las responde con paciencia y con hechos.
Cuántas veces pedimos también nosotros señales para confiar. Dios, que conoce nuestra flaqueza, no se cansa de salir a nuestro encuentro. La fe crece cuando, aun sin ver todavía, volvemos al día siguiente, como Juan Diego.
¿Qué correspondía a quien es un cielo por su hermosura, sino uno lleno de estrellas? ¿Con qué podía adornarse una belleza toda celestial, sino con los brillos de unas virtudes tan lúcidas y tan resplandecientes como las tuyas?
Bendita mil veces la mano de aquel Dios que supo unir en ti hermosura tan peregrina con pureza tan realzada, y gala tan brillante y rica con humildad tan apacible. Yo quedo, Señora, absorto de hermosura tan amable, y quisiera que mis ojos se fijaran siempre en ti para que mi corazón no se dejara arrastrar en otro afecto que no sea el amor tuyo.
No podré lograr este deseo si esos resplandecientes astros con que estás adornada no infunden una ardiente y fervorosa caridad, para que ame de todo corazón y con todas mis fuerzas a mi Dios, y después de mi Dios a Ti, como objeto digno de que lo amemos todos. Amén.
Día 6
¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?
El tío de Juan Diego, Juan Bernardino, cayó gravemente enfermo. Juan Diego, angustiado, rodeó el cerro para no encontrarse con la Señora e ir de prisa por un sacerdote. Pero ella le salió al paso y le dijo las palabras que México entero guarda en el corazón:
«¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?»
«Que no te aflija ninguna cosa», le aseguró, y le anunció que su tío ya estaba sano. En nuestras angustias más hondas, María nos repite hoy esas mismas palabras.
¡Oh Santísima Virgen María de Guadalupe! ¡Qué bien dice a tu soberanía ese tapete que la luna forma a tus sagradas plantas! Hollaste con invicta planta las vanidades del mundo, y quedando superior a todo lo creado jamás padeciste el menguante de la más ligera imperfección: antes de tu primer instante estuviste llena de gracia.
Miserable de mí, Señora, que no sabiéndome mantener en los propósitos que hago, no tengo estabilidad en la virtud y sólo soy constante en mis viciosas costumbres.
Duélete de mí, Madre amorosa y tierna; ya que soy como la luna en mi inconstancia, sea como la luna que está a tus pies, esto es, firme siempre en tu devoción y amor, para no padecer los menguantes de la culpa. Haz que esté yo siempre a tus plantas por el amor y la devoción, y ya no temeré los menguantes del pecado sino que procuraré darme de lleno a mis obligaciones, detestando de corazón todo lo que es ofensa de mi Dios. Amén.
Día 7
Rosas en invierno
La Virgen envió a Juan Diego a la cumbre del cerro, donde solo crecían espinas y nopales, a cortar flores en pleno diciembre. Allí encontró rosas de Castilla, frescas y llenas de rocío. Él mismo las cortó y la Señora las acomodó con sus manos en la tilma.
Donde la tierra parece seca y helada, Dios puede hacer florecer rosas. Ningún corazón está demasiado endurecido, ninguna situación demasiado muerta para su gracia. Lo que María toca y ordena con sus manos, llega bien al destino.
¡Oh Santísima Virgen María de Guadalupe! Nada, nada veo en este hermosísimo retrato que no me lleve a conocer las perfecciones de que te dotó el Señor a tu alma inocentísima. Ese lienzo grosero y despreciable; ese pobre pero feliz ayate en que se ve estampada tu singular belleza, dan claro a conocer la profundísima humildad que le sirvió de cabeza y fundamento a tu asombrosa santidad.
No te desdeñaste de tomar la pobre tilma de Juan Diego, para que en ella estampase tu rostro, que es encanto de los ángeles, maravilla de los hombres y admiración de todo el universo. Pues, ¿cómo no he de esperar yo de tu benignidad, que la miseria y pobreza de mi alma no sean embarazo para que estampes en ella tu imagen graciosísima?
Yo te ofrezco las telas de mi corazón. Tómalo, Señora, en tus manos y no lo dejes jamás, pues mi deseo es que no se emplee en otra cosa que en amarte y amar a Dios. Amén.
Día 8
La imagen en la tilma
El 12 de diciembre, ante el obispo, Juan Diego desplegó su tilma. Cayeron las rosas, y en el ayate humilde apareció, pintada por manos no humanas, la imagen bendita de Santa María de Guadalupe. El obispo y todos los presentes cayeron de rodillas.
La Virgen quiso quedarse no en oro ni en lienzo fino, sino en la manta de un pobre. Casi cinco siglos después, esa imagen sigue mirándonos con los ojos bajos y las manos juntas: una Madre morena que reza con su pueblo y por su pueblo.
¡Oh Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Qué misteriosa y qué acertada estuvo la mano del Artífice Supremo, bordando tu vestido con esa orla de oro finísimo que le sirve de guarnición! Aludió sin duda a aquel finísimo oro de la caridad y del amor de Dios con que fueron enriquecidas tus acciones. Y ¿quién duda, Señora, que esa tu encendida caridad y amor de Dios estuvo siempre acompañada del amor al prójimo y que no, por verte triunfante en la patria celestial, te has olvidado de nosotros?
Abre el seno de tus piedades a quien es tan miserable; dale la mano a quien caído te invoca para levantarse; tráete la gloria de haber encontrado en mí una misericordia proporcionada, más que todas, a tu compasión y misericordia. Amén.
Día 9
Madre de América
Aquel mismo día, la Virgen se apareció a Juan Bernardino, lo sanó y le dijo su nombre: Santa María de Guadalupe. Desde entonces el Tepeyac se volvió el corazón mariano de América: a él peregrinan millones cada año, y su Morenita es proclamada Patrona de México y Emperatriz de América.
La novena termina, pero la vida bajo su amparo continúa. Juan Diego pasó el resto de sus días cuidando la ermita y hablando de la Señora. Que también nosotros salgamos de esta novena como él: con el corazón agradecido y las manos listas para servir.
¡Oh Santísima Virgen de Guadalupe! ¿Qué cosa habrá imposible para ti, cuando multiplicando los prodigios, ni la tosquedad ni la grosería del ayate le sirven de embarazo para formar tan primoroso tu retrato, ni la voracidad del tiempo en más de cuatro siglos ha sido capaz de destrozarle ni borrarle?
¡Qué motivo tan fuerte es este para alentar mi confianza y suplicarte que abriendo el seno de tus piedades, acordándote del amplio poder que te dio la Divina Omnipotencia del Señor, para favorecer a los mortales, te dignes estampar en mi alma la imagen del Altísimo que han borrado mis culpas!
No opongo a tu piedad la grosería de mis perversas costumbres, dígnate sólo mirarme, y ya con esto alentaré mis esperanzas; porque yo no puedo creer que si me miras no se conmuevan tus entrañas sobre el miserable de mí. Mi única esperanza, después de Jesús, eres tú, Sagrada Virgen María. Amén.
Oración final para todos los días
Recuerda, oh piadosísima Virgen de Guadalupe, que jamás se oyó decir que ninguno de los que han acudido a tu protección haya sido abandonado. Animados con esta confianza, a ti acudimos, Madre nuestra: no deseches nuestras súplicas, antes bien escúchalas y acógelas benignamente. Amén.
V. Virgen Santísima de Guadalupe.R. Salva nuestra patria y conserva nuestra fe.
Se rezan un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.
Oración inicial (Acto de Contrición) y oraciones propias de cada día: texto tradicional de dominio público de la novena guadalupana mexicana (fuente: aciprensa.com), con una modernización ligera de las formas arcaicas de segunda persona (vos/vosotros → tú), conservando el sentido y la estructura. Meditaciones: composición original de Rezo sobre el relato del Nican Mopohua. Pendiente de revisión.