Novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
Ante el icono de la Madre del Perpetuo Socorro, venerado desde hace siglos y difundido por los misioneros redentoristas, millones de familias presentan cada semana sus necesidades. Esta novena medita el icono paso a paso: los ojos de la Madre, el Niño que se refugia en sus brazos, las manos que nunca sueltan.
Cada día de la novena se reza la oración inicial, la meditación y oración del día, y se termina con la oración final.
Oración inicial para todos los días
Acto de Contrición
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, he aquí a tus pies a un pobre pecador que tanto ha entristecido tu amante Corazón. ¡Ay, amable Jesús! ¿Cómo he podido ofenderte y llenar de amargura ese Corazón que me ama tanto y nada ha perdonado para conseguir mi amor? ¡Cuán grande ha sido mi ingratitud! Mas ¡oh Salvador mío! Consuélate, consuélate, te diré que ahora me arrepiento y me pesa tanto de los disgustos que te he causado, que quisiera morir de puro dolor y contrición. ¡Oh! ¡Quién pudiera, Jesús mío, morir de puro dolor! ¡Pésame, sí, pésame, amado Señor mío, de haberte ofendido! Padre Eterno, en satisfacción de mis culpas, te ofrezco la pena y el dolor que por ellas sintió el Corazón de tu Divino Hijo. Y tú, ¡oh amoroso Jesús!, infúndeme un horror tan grande al pecado que en adelante me haga evitar aun las faltas más ligeras. Ea, afectos terrenos, salid de mi corazón; ya no quiero amar sino a mi bondadoso Redentor. ¡Oh Jesús mío! Ayúdame, fortaléceme y perdóname. Madre del Perpetuo Socorro, intercede por mí y alcánzame el perdón de mis pecados.
Oración preparatoria para todos los días
¡Oh Santísima Virgen María, que para inspirarnos una confianza sin límites quisiste tomar el dulcísimo nombre de Madre del Perpetuo Socorro! Yo te suplico me socorras en todo tiempo y en todo lugar: en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida, y sobre todo en el trance de la muerte. Concédeme, ¡oh amorosa Madre!, el pensamiento y la costumbre de recurrir siempre a ti, porque estoy cierto de que si soy fiel en invocarte, tú serás fiel en socorrerme. Concédeme, pues, esta gracia de las gracias, la gracia de acudir a ti sin cesar, con la confianza de un hijo, a fin de que, por la virtud de mi súplica constante, obtenga tu Perpetuo Socorro y la perseverancia final. Bendíceme, ¡oh tierna y cuidadosa Madre!, y ruega por mí ahora y en la hora de mi muerte. Así sea.
Se reza a continuación la meditación propia del día.
Día 1
Un icono para todos los hogares
La imagen de la Madre del Perpetuo Socorro llegó de Oriente hace más de quinientos años, y un Papa la confió a los misioneros redentoristas con un encargo: «Hagan que la conozca el mundo entero.» Hoy preside templos y hogares en todos los continentes.
No es solo una pintura: es una catequesis del amor de María. Durante esta novena aprenderemos a leerla despacio, como quien visita a su madre y se queda mirándola.
¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Por la ingratitud con que hasta ahora he respondido a las misericordias de Dios y a las tuyas, merecería que en justo castigo me privaras de tus favores, porque el ingrato ya no es digno de nuevos beneficios; mas, ¡oh dulce Madre mía!, por grande que sea mi ingratitud, mayor es tu bondad; no te desdeñes, pues, de socorrer a un pobre pecador que en ti confía. Tu Corazón rebosa caridad para con todos, y nunca se ha oído decir que algún desgraciado se haya alejado de tus pies sin ver enjugadas sus lágrimas. No te olvides de mis miserias; intercede por mí ante ese Dios de bondad que nada te rehúsa, y muestra una vez más que eres digna del nombre de Perpetuo Socorro.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, que tu nombre nunca se aparte de mis labios, nunca se aleje de mi corazón.
Obsequio: Una visita a la Imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, rezándole diez Avemarías y encomendándole todas las necesidades propias y las de la familia.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 2
Los ojos de la Madre
En el icono, María no mira a su Hijo: nos mira a nosotros. Sus ojos, serenos y un poco tristes, parecen decirnos: «Conozco tu pena; tráemela.» Son los ojos que en Caná vieron la necesidad antes de que nadie la dijera en voz alta.
Dejarse mirar por la Madre ya es empezar a ser socorrido. Hoy sostengamos esa mirada en la oración, sin prisa y sin esconder nada.
¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Al verme tan despreciable y manchado de culpas, no debería atreverme a venir a ti y llamarte mi Madre; mas no quiero que mis miserias me priven del consuelo y de la confianza que siento al pronunciar tu dulce nombre. No merezco que me oigas: soy un miserable pecador, ya lo confieso, mas ¡ay! el mal está ya hecho; tú puedes remediarlo, Madre mía; ven en mi socorro, ten piedad de mí. Sé que amas aun a los pecadores más miserables, y vas en busca de ellos para salvarlos. Merecido tengo el infierno, es verdad; soy el más miserable de los pecadores; pero no es menester que vengas en busca mía, que yo me presento espontáneamente a ti con la firme esperanza de que no me desecharás. Heme aquí a tus plantas; socórreme. ¡Madre mía!, no me alejaré de tus pies hasta tanto que tu Hijo me haya dicho, como a la Magdalena: 'Tus pecados te son perdonados'.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, alcánzame el perdón de mis pecados y la gracia de llorarlos perpetuamente.
Obsequio: Rezar una Salve por la conversión de los pecadores más endurecidos.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 3
El Niño que corre a los brazos de su Madre
En el icono, dos ángeles muestran al Niño Jesús los instrumentos de la Pasión: la cruz, la lanza, los clavos. Él, asustado, corre a los brazos de su Madre con tanta prisa que una sandalia le cuelga del pie.
Si el mismo Hijo de Dios buscó refugio en María ante el miedo, cuánto más podemos hacerlo nosotros. Ningún temor nuestro le parece pequeño a la Madre.
Aquí me tienes, ¡oh Madre mía! Yo soy una de aquellas almas infelices que merecería verse abandonada de tu Hijo y de ti, en el miserable estado de tibieza en que vivo desde hace ya tantos años; mas las nuevas luces que Él me comunica hoy por tu mediación, y esa voz misteriosa que me llama a servirle con fervor, son señales de que todavía no me ha abandonado. ¡Oh bondadosa Madre! No tengo fervor, no amo a Jesús como debiera amarle, y con todo, deseo ser todo de Él. Ayúdame a aborrecer sumamente el pecado venial, enciende en mí la llama del amor de Dios. Ruega, no ceses de rogar por mí para que salga de la tibieza y sirva a Dios con fervor hasta llegar al Cielo, donde estaré al abrigo de todo peligro de perder a mi Dios, y seguro de amarle siempre, y de amarte a ti también, ¡oh Madre del Perpetuo Socorro!, por toda la eternidad. Amén.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! No permitas que caiga en la tibieza; y si por desgracia hubiese caído en ella, haz que pronto me levante.
Obsequio: Hacer, antes de que se acabe la novena, una confesión buena y fervorosa, como si hubiera de ser la última.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 4
Las manos que sostienen
Las manitas del Niño se aferran a la mano derecha de María, y ella no las aprieta: las sostiene abiertas, serenas, mostrándonoslas. Esa mano es a la vez trono del Niño y señal para nosotros: «Aquí hay lugar también para ti.»
A lo largo de la vida muchas manos nos sueltan. La de la Madre del Perpetuo Socorro, jamás. Su socorro se llama perpetuo precisamente porque no conoce horarios ni cansancio.
¡Oh Madre mía del Perpetuo Socorro! Bendigo y doy gracias a mi Dios por haberme inspirado tanta confianza en ti, porque sé que esa confianza es para mí prenda de salvación. ¡Ah, desgraciado de mí! Si en lo pasado he caído en el pecado, ha sido por no haber recurrido a ti. Espero haber alcanzado ya el perdón por los méritos de Jesús y por tu poderosa intercesión; pero puedo perder de nuevo la gracia de Dios: el peligro no ha cesado; el enemigo no duerme. ¡Ay! ¡Cuántas nuevas tentaciones me acometerán aún hasta el fin de mi vida! ¡Oh dulcísima Soberana! Socórreme, acógeme bajo tu manto; no permitas que caiga. Favoréceme con tu perpetuo socorro, y haz que en los asaltos del infierno no me olvide de invocarte y repita sin cesar: 'Madre del Perpetuo Socorro, no permitas que pierda más a mi Dios'. Amén.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! No nos dejes caer en la tentación; mas líbranos de todo mal. Amén.
Obsequio: Acostumbrarse a no discutir con la tentación y a invocar inmediatamente a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 5
Socorro en la tentación
Nadie está libre de la lucha interior: la pereza en la fe, el rencor que vuelve, la costumbre que esclaviza. La tradición cristiana llama a María «auxilio de los cristianos» porque su socorro es especialmente poderoso en el combate del alma.
Un Ave María rezada en medio de la tentación vale más que mil propósitos escritos. La Madre no espera que ganemos solos: espera que la llamemos a tiempo.
¡Oh Madre mía del Perpetuo Socorro! Como se presenta a una gran Reina un pobre llagado y andrajoso, me presento a ti, que eres la Reina del Cielo y de la tierra. Desde el excelso trono en que estás sentada, te ruego no te desdeñes de volver tus ojos misericordiosos hacia este infeliz pecador, pues para eso Dios te ha enriquecido tanto, para socorrer a los pobres, y te ha constituido Reina de la Misericordia, a fin de que puedas aliviar a los miserables. Mírame, pues, y ten piedad de mí. No se me oculta que tu maternal corazón tiene sus mayores complacencias en aliviar a los trabajados y miserables. Da, pues, hoy gozo y contento a tu Corazón, y consuela también el mío, pues se te presenta favorable coyuntura. Mira, ¡oh tierna Madre!, las angustias de mi corazón, mira los aprietos de mi familia. ¡Ah! ¡Son tantos los motivos de aflicción que en mi propia casa encuentro, y tan cruel la persecución que mis contrarios me levantan! La enfermedad atormenta mi cuerpo, y las penas interiores devoran mi alma. En estos apuros, ¿a quién he de acudir, oh Señora y Madre mía, sino a ti, que eres Madre del Perpetuo Socorro? Permite, pues, que te diga con San Bernardo: 'Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que fuese abandonado de ti ninguno de cuantos han acudido a tu amparo, implorando tu socorro y reclamando tu auxilio. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Virgen de vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante tu presencia. No deseches mis súplicas, oh Madre del Verbo Divino; antes bien óyelas y acógelas benignamente. Amén.'
Jaculatoria: En todas mis dificultades y miserias, ven en mi socorro, ¡oh Madre de bondad!
Obsequio: Cuando se presente algún trabajo, decir: «¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, aleja de mí esta aflicción, o dame virtud y fortaleza para sufrirla por amor de Dios.»
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 6
Socorro en la enfermedad y la escasez
A los pies del icono se han rezado millones de súplicas concretas: el diagnóstico difícil, la renta que no alcanza, el hijo sin trabajo. La Madre del Perpetuo Socorro no es devoción de teorías, sino de necesidades con nombre y apellido.
Dios no siempre quita la carga, pero por manos de María siempre da la fuerza para llevarla y, a menudo, la sorpresa de una salida que no veíamos.
¡Oh Madre mía del Perpetuo Socorro! ¿Cómo es posible que, siendo tú tan santa, sea yo tan malo? Hoy no vengo a pedirte bienes temporales, sino cosas que serán más agradables a tu Corazón. Tú eres humildísima; alcánzame, pues, la humildad y el amor a los desprecios. Tú, que fuiste pacientísima en las penas de la vida, obtenme la paciencia en las contrariedades. Tú, que viviste siempre desprendida de todo lo creado, obtenme el despego de todas las criaturas. Tú, que fuiste siempre pura y humilde, conségueme una perfecta pureza de corazón. Tú, que estuviste llena de amor de Dios, conségueme el don del santo y puro amor. Tú, que fuiste toda caridad para con el prójimo, alcánzame que ame con verdadero amor a mis hermanos. Tú, que estuviste siempre unida a la voluntad de Dios, obtenme la misma gracia, sobre todo en la elección de estado, y una completa conformidad con todas las disposiciones de la divina Providencia. En una palabra, ¡oh la más santa de todas las criaturas!, hazme santo. Estas son las gracias que te pido. No permitas que desfallezca en la práctica de la virtud, ¡oh María, Madre mía, amor mío, vida mía, mi refugio, mi consuelo, mi Perpetuo Socorro! Amén.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Quiero ser fiel imitador de tus virtudes; ayúdame en tan noble empresa.
Obsequio: Rezar el Santo Rosario en honor de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, para conseguir el don de no flaquear en la práctica de la virtud.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 7
Madre de los pecadores
El socorro más grande que María consigue para sus hijos no es la salud ni el dinero, sino la vuelta a la gracia. Ella es refugio de los pecadores: no para excusar el pecado, sino para acompañarnos de la mano hasta el perdón de Dios.
Si algo pesa en la conciencia desde hace tiempo, esta novena es buena ocasión para una confesión sincera. La Madre prepara el camino.
¡Oh Madre mía del Perpetuo Socorro! En tus manos pongo mi salvación eterna; en tus manos deposito mi pobre alma; te confío mi perseverancia, aboga por mí, que soy infeliz pecador. Tómame bajo tu protección, y esto me basta; sí, porque si tú me proteges, nada tengo que temer. No temo por mis pecados, porque tú remediarás el mal que me han causado. No temo a los demonios, porque eres más poderosa que todo el infierno. No temo ni aun a mi divino Juez, porque una sola palabra tuya aplaca su justa indignación. No, nada temo. Con todo, Madre mía, un temor me asalta, y es el de olvidarme de ti, de dejar una vez de llamarte en mi socorro, y así perderme para toda la eternidad. ¡Oh tierna Madre mía! Obtenme la gracia de encomendarme siempre a ti; y si ahora prevés que un día hubiere de abandonarte, haz que muera hoy a tus pies, antes de que el mundo sea testigo de tamaña ingratitud. Mas no, ¡oh María!, no te olvidaré; antes séquese primero mi diestra, que mi lengua deje de hacer su oficio, si un día no he de ir a cantar tus misericordias en el Cielo por eternidades sin fin. Amén.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Concédeme tu omnipotente auxilio y haz que te lo pida sin cesar.
Obsequio: No pasar un día sin rezar tres Avemarías, por la mañana y por la noche, a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, para conseguir la gracia de invocarla sin cesar.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 8
Socorro en la hora de la muerte
En cada Ave María le pedimos que ruegue por nosotros «ahora y en la hora de nuestra muerte». Quien ha vivido bajo el socorro de María no muere solo: la Madre que lo sostuvo en vida lo presenta a su Hijo en el último paso.
Encomendemos hoy también a nuestros seres queridos difuntos y a los que agonizan en este momento en el mundo, sin nadie que rece por ellos.
¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! ¿Qué será de mí cuando esté a punto de entregar mi alma a Dios? Desde ahora, cuando considero mis pecados, cuando pienso en ese momento terrible que ha de decidir de mi salvación o mi perdición eterna, cuando medito en mi último suspiro y en el juicio que le ha de seguir, me pongo a temblar y me confundo. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! No me abandones en aquella tremenda hora. ¿Qué sería de mí si tú me abandonaras en ese momento supremo? ¡Ah! Virgen Santa, esperanza mía, ven a mi socorro en las tremendas angustias de que seré entonces presa. Fortifícame cuando el demonio quiera arrojarme en la desesperación con el recuerdo de los pecados que he cometido. Obtenme la gracia de invocarte entonces con más fervor que nunca, a fin de que expire pronunciando tu dulcísimo nombre, junto con el de tu adorable Hijo, y muera amando a mi Dios y amándote a ti, para ir después a amarte eternamente en el Paraíso. Amén.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Ruega por nosotros ahora y en la hora de la muerte.
Obsequio: Encomendarse tres veces al día a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro para conseguir una buena muerte.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Día 9
Perpetuo: sin plazos ni condiciones
Termina la novena, pero el socorro no termina: por eso se llama perpetuo. En muchos templos esta novena se reza todas las semanas del año, porque las necesidades no se acaban — y la Madre tampoco se cansa.
Llevemos de esta novena una costumbre sencilla: ante cualquier apuro, grande o pequeño, decir con confianza «Madre del Perpetuo Socorro, ayúdame». Ella hará el resto.
¡Oh Madre del Perpetuo Socorro, que nunca abandonas a tus hijos y les socorres perpetuamente en la vida, en la muerte y hasta en el mismo Purgatorio! Aquí tienes a tus pies a un pobre pecador que, lleno de confianza, a ti acude y a ti se entrega. Muchos y grandes son los pecados que he cometido; y aunque confío, ¡oh Madre mía!, que me habrán sido perdonados, no sé si por ellos habré hecho la debida penitencia; probable es que tenga que acabar de expiarlos en el Purgatorio. ¡Oh! Si tal fuera mi suerte, no dejes de visitarme en aquella terrible prisión; consuélame entonces y alivia mis penas. En suma, sé mi perpetuo socorro hasta verme en el Cielo alabándote y cantando tus misericordias por toda la eternidad. Amén.
Jaculatoria: ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Apiádate de las ánimas benditas del Purgatorio, en especial de las que más devotas te fueron en la tierra.
Obsequio: Oír Misa y comulgar en sufragio de las benditas ánimas para dar gusto a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Oración final para todos los días
Al terminar cada día
Sé amada, sé alabada, sé invocada, sé eternamente bendita, ¡oh Virgen del Perpetuo Socorro!, mi esperanza, mi amor, mi Madre, mi refugio y mi vida. Amén.
Acto de consagración a María (al concluir la novena)
¡Oh María! Ya que para inspirarme confianza has querido llamarte Madre del Perpetuo Socorro, yo, N.N., aunque indigno de ser inscrito en el afortunado número de tus siervos, deseando, no obstante, participar de los benéficos efectos de tu misericordia, postrado ante tu trono, te consagro mi entendimiento, para que piense siempre en el amor que mereces; te consagro mi lengua, para que ensalce tus grandes prerrogativas y propague tu devoción; te consagro mi corazón, para que, después de Dios, te ame sobre todas las cosas. Recíbeme, ¡oh gran Reina!, en el venturoso número de tus siervos, acógeme bajo tu protección, socórreme en todas mis necesidades y muy especialmente en el peligroso trance de mi agonía. ¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Sé que me amas más de lo que yo puedo amarme a mí mismo; por eso te constituyo Señora y árbitra de mis intereses y de todas mis cosas; dispón, pues, libremente de mí y de cuanto me pertenece conforme te agrade. Bendíceme, ¡oh Madre mía!, y con tu poderosa intercesión fortalece mi flaqueza, a fin de que, sirviéndote fielmente en esta vida, pueda alabarte, amarte y darte gracias en la otra eternamente. Amén.
Jaculatoria: ¡Oh María, Madre del Perpetuo Socorro!, ruega por mí.
Acto de consagración a San Alfonso
Celosísimo doctor de la Iglesia, San Alfonso: Yo, N.N., aunque indigno de ser tu siervo, animado de tu gran bondad y deseando servirte, en presencia de la Santísima Trinidad, de mi Ángel de la Guardia y de toda la Corte Celestial, a ti especialmente, después de María, me consagro, y te reconozco como mi Padre, mi Maestro y mi Abogado, y prometo firmemente servirte siempre y hacer cuanto pueda para que por los demás seas también servido. Te suplico, pues, por el amor con que amas a Jesús y a María, que me admitas en el número de tus devotos y me protejas como siervo tuyo. Alcánzame la gracia de que imite tus virtudes y evite el tropiezo por la senda de la perfección cristiana. Obtenme especialmente el desapego de todas las criaturas, una tierna y constante devoción a Jesús Sacramentado y a María Santísima, el espíritu de oración y un ardiente celo por la salvación de mi alma. Acepta este mi voluntario ofrecimiento, en prueba del filial amor que te profeso; asísteme en vida, y particularmente en la hora de mi muerte, para que, después de haberte honrado y servido sobre la tierra, merezca gozar contigo en el Cielo, por toda la eternidad. Amén.
Jaculatoria: Protector mío, San Alfonso, haz que en todas mis necesidades acuda a María.
Acto de Contrición, oración preparatoria, oraciones y jaculatorias propias de cada día, estribillo y actos de consagración a María y a San Alfonso: texto tradicional de dominio público de la novena a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, con modernización ligera de las formas arcaicas de segunda persona (vos/vosotros → tú), conservando el sentido y la estructura. Meditaciones: composición original de Rezo. Pendiente de revisión.